Periódico nacional "El Mundo"
CON LA INICIATIVA FINANCIA PROYECTOS SOCIALES


Una agencia de viajes canaria ofrece escapadas relámpago a Gambia con fines solidarios

MARTA ARROYO


   LAS PALMAS DE GRAN CANARIA.- A las cinco de la madrugada, casi a la misma hora que las pateras rebosantes de subsaharianos llegan a las playas de Gran Canaria, decenas de turistas somnolientos embarcan en el aeropuerto de Las Palmas con destino a Gambia. En apenas 24 horas, podrán disfrutar de los atractivos del país, conocer cómo se vive en las típicas aldeas de las que proceden muchos de los inmigrantes africanos y aportar su granito de arena para mejorar sus condiciones de vida.


   Estas escapadas turísticas con fines solidarios son el resultado de la labor iniciada hace 14 años por el entonces director de la agencia de viajes Drago, Pepe Abraham. Este empresario canario, uno de los pioneros del turismo español en Gambia, comenzó a colaborar con diversas ONG que le pedían que transportara hasta allí medicinas y material y, poco a poco, fue involucrándose con sus gentes, a través de la Asociación Amigos de Gambia.


   Su sucesor, Javier Blanco, ha continuado su labor solidaria y ofrece a sus clientes un viaje turístico diferente, por poco más de 250 euros. En los folletos informativos recomienda llevar material escolar, ropa o medicamentos, para entregar a los jefes de los poblados que encontrarán en el recorrido.

 

   Además de disfrutar de los paisajes africanos, navegar entre los manglares, comprar artesanía local y disfrutar del folclore típico, los clientes tienen la oportunidad de charlar con familias gambianas, visitar sus casas por dentro, contemplar cómo funciona la industria del pescado y conocer de primera mano las necesidades de la población.

Una de las visitas estrella es la que se realiza a la Canarias Lamin Nursery School. Esta escuela, situada en el municipio de Lamin, fue construida gracias a la ayuda canaria y lleva el nombre del ya fallecido Pepe Abraham. "Hemos conseguido escolarizar a muchos niños ofreciendo material escolar, uniformes y comida gratis", afirma orgulloso Javier Blanco.

Compromiso social

Entre sus proyectos más inmediatos está la mejora del comedor escolar y la construcción de un taller de costura, un locutorio y una sala de reuniones en un edificio próximo, recién adquirido. "Contamos con la ayuda de mucha gente que colabora con nosotros en esta iniciativa, y la mayoría de los viajeros aportan donativos que nos ayudan a seguir adelante", explica Blanco.

 Javier Blanco, con una alumna de la  escuela de Lamin. (Foto: MA)

   Este empresario canario ha conseguido también material deportivo para el equipo de fútbol local y no dudó en llevar hasta Lamin a prestigiosos cocineros de los restaurantes de la Playa del Inglés, que deleitaron a los lugareños con una típica paella de gofio y les enseñaran algunos trucos para mejorar su alimentación.


   Los interesados en sumarse a este viaje, que parte todos los jueves, o en conocer más a fondo el país de Kunta Kinte, pueden hacerlo a través de la página web
http://www.infogambia.com  en la que además encontrarán todos los detalles sobre los proyectos de la asociación Amigos de Gambia.

 

Articulo del periódico.- El día de Ciudad Real

A Rafael, mi Escipión africano     
    
Hasta hace unos meses, nuestro hijo, que ha cumplido recientemente veinticinco años, vivía en Copenhague, capital de Dinamarca. Ese país donde, según el estudio de la Universidad de Cambridge, habitan los ciudadanos más felices del mundo. Desplazándose siempre en sus bicicletas, patinando en sus lagos helados y regalándose tulipanes. Donde las noches eternas –con sus velitas y su jazz- se alargan en un invierno interminable y, en verano, los días tienen luz de aurora boreal. Trabajaba de Ingeniero en una empresa Informática en la que el primer día de trabajo le entregaron, por este orden, un ramo de flores, una bicicleta y un teléfono móvil. Para evitar los problemas de espalda, disponían de una masajista que les daba una hora de masaje siempre que luego la recuperaran. Los viernes, a la tarde, descendía la peatonal Stroget que se une con el Nyhav, el canal de casas de colores donde viviera Hans Cristian Andersen, y se acercaba hasta la Ópera cruzando en un barco a la isla de Holmen. Esa isla, frente a la famosa Sirenita, que alberga el espectacular edificio dedicado al Bel Canto. Alguna noche se dio el placer de cenar en el Noma, el segundo mejor restaurante del mundo después del Bulli. Y, en ocasiones, se acercaba hasta la vecina Malmo, ya en Suecia, atravesando el mar por el puente de más de 8 km, cuyos pilares se hunden en el fondo marino en un alarde de ingenio y arquitectura diabólico e insultante.

Una mañana de domingo, cuando habían transcurrido apenas dos años de su estancia, se desplazó a la antigua casa de la escritora Karem Blixen, en el pequeño municipio de Rungsted. Donde la autora de Memorias de África tiene su propio museo y en cuyo hermoso jardín, debajo de un amarillento arce, reposan sus restos. Y decidió que era el momento de regresar a casa.

Cuando comunicó su decisión a la empresa, el jefe le dijo que se tomara un mes de descanso, pagado, para convencerle de que continuara. Vamos ¡Igualito que en la España del Sr. Díaz Ferrán!

No sé si tendría algo que ver con la visita a Karem Blixen – su Kenia, sus masais y sus kikuyus-, el caso es que en este preciso momento se encuentra en África. En un viaje de contraste extremo, del frío polar al calor sofocante; del paraíso del bienestar  al infierno de mosquitos, pobreza y malaria. Se marchó unos meses como cooperante a Gambia, a enseñar informática a los profesores de un colegio. En un intento de combatir –humildemente- la brecha tecnológica. Una brecha más profunda que la tradicional producida por el analfabetismo. Un corte, un tajo, un abismo que nos distancia todavía más y hace nuestro mundo –ordenadores, internet, wifi, google,…- absolutamente lejano e  inaccesible. Aquí ya se sabe: A mayor progreso, mayor desigualdad. A mayores excesos de unos, mayores miserias de los otros…, los de ahí abajo, los de siempre.

Gambia recibe el nombre por el río que parte el país en dos  –The Gambia River-, procedente de Guinea, del macizo del Futa Yallon, configurando un territorio muy bello y curioso. Son unos cuatrocientos kilómetros de largo, por unos ochenta de ancho, con el río en medio separando sus orillas: la Norte y la Sur. ¿Cuántos puentes –recordando el de Malmo- hay en el río Gambia para unir el país? ¡Ninguno! Si quieres cruzarlo tienes que ir a la gigantesca desembocadura y navegar en un ferry que te traslada a la otra margen.
 
Igual que no hay escuela pública y sólo se escolarizan los chicos que pueden pagarlo. Por ello, un grupo de españoles construyeron un colegio (lo pueden ver en www.infogambia.com/Turismo%20Solidario/Turismo%20Solidario.htm) que atiende a unos quinientos chavales, muchos de ellos sacados del basurero de Banjul, la capital, donde vivían rebuscando comida entre los desperdicios. En esa página web se propone pagar la matrícula de uno de estos muchachos por 35 euros. Y cuando lo vi por primera vez pensé: ¡Qué matrícula más cara para África! Torpe de mí, pues no había reparado en que con la matrícula de 35 euros entraba, además de la enseñanza, la comida de todo el año, la ropa, el calzado y la atención médica ¿Alguien se anima?

Pero permítanme que les cuente algunas anécdotas de ese contraste entre dos mundos, aunque para ello tenga que personalizarlo en mi propio hijo. Razón, por la cual, les pido disculpas. Dos mundos tan cercanos geográficamente y tan lejanos. Y reflexionar sobre cómo un ciudadano de occidente puede percibir un choque tan brutal viajando a las antípodas del tiempo y el espacio, la modernidad y la prehistoria, el cielo y el tártaro.

Habíamos intentado hablar por teléfono con él, pero nos dijeron que se había marchado de compras. Cosa que nos alegró, al saber que, al menos, podía proveerse de alimentos. Cuando conseguimos contactar, le solté: -¡Vaya suerte, eh! ¡De compras por ahí!- Y me dijo:- ¡Qué va! ¡Si vengo de comprar un saco de arroz de un poblado, a unos cuantos kilómetros!- A lo que añadí: -¡Pero un saco de arroz pesa mucho! ¿Te habrán dejado un coche?- ¿Y saben lo que contestó?  -¡Nada de coche! ¡En un burro! ¡Un borriquillo de esos que vas arrastrando los pies por el suelo!- Y yo me imagino a mi hijo, Ingeniero Superior, premio Fin de Carrera, tirando del ramal de un burro por los manglares del río Gambia o entre los chozos de los fulas.

Después nos contó que se iba a ver el partido de fútbol del Barça. Que el dueño de la “casita” donde vive de alquiler era el “rico del pueblo” y propietario de una tiendecita. Por lo visto, había ahorrado un dinero emigrando a América y, a su regreso, construyó varias casitas y montó la tienda. ¡Un potentado! Pero generoso, pues cuando se televisaba un buen partido, sacaba su pequeña televisión al campo de baobabs y mangos y allí se congregaba el poblado para ver el fútbol. Lo gracioso –prosigue mi hijo africano- es que como le he arreglado un viejo ordenador y le he enseñado a manejarlo, a mí me deja subir al salón de su casa, sentarme en el sofá y ver la tele yo solo… aunque, lógicamente, prefiero el fondo sur y la grada.

Cuando puede, come en el colegio. Aguanta su turno en la fila para servirse de una perola su cazo de arroz u otro cereal, y a que le den un pez seco de los ahumaderos de Tanji. Así todos los días ¡Tan reiterativo como la carta del Noma….! Mientras un carpintero le arma la cama encargada con un par de maderos y cuatro tablas, duerme en el suelo, en un colchón de paja. Alternando las clases de Informática –han sido capaces de juntar cinco ordenadores, aunque la luz eléctrica se va permanentemente-, ayuda en el dispensario médico a curar heridas a los niños. Algunas muy, muy feas. Y antes de colgar el teléfono nos relata que acababa de marcharse un sastre que había venido a su casa a tomarle medidas para hacerle un capisayo o camisola larga para el desfile del sábado ¿Cómo….? ¿Un desfile…? ¿Un sastre? ¡Pues, sí! El sábado 20 de marzo se celebra el día de la Independencia de Gambia y todos los chavales, junto a sus profesores, tienen que desfilar por las calles –me imagino que alguna de las asfaltadas- de Banjul. Uniformados, alegres  y marciales, gritando vivas al presidente Yahya Jammeh. Dice que se siente un poco ridículo, pero que no puede negarse. Yo, desde luego, la foto no me la pierdo.

Queridos lectores, en confianza. Ahora que están tan de moda y casi es obligatorio hacer un máster –si es carísimo y en Estados Unidos o en Singapur, ideal de la muerte- ¿Saben Ustedes de un máster mejor que éste de África? ¡Un buen máster, necesario e imprescindible, de humanidad, vida y esperanza!

 

 

 

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